He estado pensando que todo lo que hacemos, lo que vivimos, los viajes que realizamos, la comida que comemos no es más que una manera de alimentar de manera constante a este cerebro nuestro, tan ávido de nuevos recuerdos y de constantes experiencias.
Si lo pensamos detenidamente, todo lo que hacemos alimenta de alguna u otra forma a nuestro cerebro, el placer que buscamos insistentemente a través de muchos medios no es más que un botón oculto en nuestro cerebro que se dispara con una nueva experiencia, un orgasmo, un libro, el dolor, etc.
Podríamos pensar que el cuerpo humano no es más que un conjunto de elementos dedicados a servir a este tirano-dictador que sólo busca satisfacer sus ansias de acumular información y sentir placer (o como quiera que le llamemos a esa sensación que buscamos todo el tiempo).
La historia del hombre puede ser vista desde la perspectiva de la búsqueda del placer y la comodidad, todo lo que hemos hecho desde el principio de los tiempos ha estado enfocado en incrementar el placer y la comodidad del ser humano, para disfrute del cerebro.
Piensa en las historias de ciencia ficción donde un cerebro flotando en una solución y conectado a una serie de cables vive una vida como la de cualquiera de nosotros. Cuál sería la diferencia entre esa vida y esta otra en que estamos conectados a un cuerpo? Como colofón podríamos elucubrar que quizá somos en efecto cerebros flotando en una solución y todo lo que vemos y vivimos es sólo una ilusión aparente, sería como caer en la madriguera del conejo de la Matrix.
Siempre he tenido muy buena memoria, lo cual me permite recordar momentos o situaciones específicas en mi vida, que normalmente no tienen la menor relevancia y sin embargo, están ahí, latentes. Este disco duro sigue guardando información que quizá no es relevante en lo absoluto, pero al cerebro le gusta regodearse en la información, y acumular más conforme pasa el tiempo.
Nuestras vidas son una carga incesante de información, hasta que a la maquinaria que almacena el disco duro se le acaba la batería o el disco duro se corrompe antes de tiempo. En ambos casos, la vida como tal deja tener sentido. Cuántas discusiones filosóficas y éticas hemos leído respecto lo que debe ocurrir con las personas en estado vegetativo o con padecimientos como el Alzheimer. Queda claro, al menos desde un punto de vista inmediato, que mucho de lo que nos gusta describir como nuestra vida se corrompe o pierde sentido en estas situaciones. No ocurre lo mismo con las personas que pierden un órgano o un miembro, el cerebro sigue estando ahí requieriendo su dosis de información y experiencias, pero si el cerebro ya no responde ahí sí entramos en un predicamento.